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Cambiar nosotros, además del clima

Publicado por Andrés Betancourth López 26/11/2018 sobre Diversidad biocultural

Cambiar nosotros, además del clima

Hace algunas semanas se divulgó el informe del Panel Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC), que señala la importancia de mantener el calentamiento global en un límite de 1,5 °C y no permitirnos llegar al previsible incremento de 2 °C. Si cumpliéramos ese propósito global, entre otras cosas, “solo” 70 a 90% de los arrecifes de coral desaparecerían, en lugar de 99%, que desaparecerían con 2°C de aumento; o también, podríamos ver el deshielo total del Ártico en verano solo una vez por siglo, en lugar de una vez por década con los temibles 2 grados; efecto al que habría que sumar la elevación del nivel del agua en los litorales y la subsecuente afectación de poblaciones costeras. Esto solo por mencionar algunos efectos.

El llamado de urgencia, replicado por varias agencias del sistema de Naciones Unidas, reclama cambios inmediatos. Sugiere por ejemplo que para mantenernos en un calentamiento de 1,5 °C las emisiones netas globales de CO2 en el año 2030 deberán reducirse a la mitad respecto de las registradas en 2010, y luego hasta el "cero neto" en 2050. Esto significa por un lado emitir menos: cambiar sistemas de transporte, de cultivos, de consumo de energía, de alimentación, etc; y por otro lado tener más y mejores mecanismos de captura del carbono emitido, fijándolo en el suelo o en árboles.

Es inaplazable la reflexión sobre los ideales del mundo occidental que, de manera general, privilegia el progreso individual e invita permanentemente a la competencia, en un modelo de lucha constante en el que al final hay solo un ganador, que lo obtiene todo, contra uno o contra muchos, que obtienen poco o nada. Es necesario advertir que mientras corremos tras los paradigmas del éxito, consumimos -además de nuestras fuerzas- unos recursos que son finitos, con la ilusión de ocupar un lugar en el que en realidad caben muy pocos.

Pero también es importante pensar en cambios posibles, y no creo que lo sean aquellos en los que un modelo o un comportamiento se impone o se decreta. La abundancia de legislación ambiental de los países de América Latina, contrastada con la precariedad de la política ambiental y la escasa eficacia de ambas, son muestra de ello.

Por su propia conceptualización, un pensamiento y una acción “ecológica” deben invitar a observar el entorno, los seres que lo habitamos y las múltiples y complejas relaciones entre todos. Y al observar advertir que somos solo una parte del todo, en tanto nuestro modelo de conservación, necesario sin duda, encierra cierta arrogancia respecto de nuestro lugar en la naturaleza. De alguna manera implica la determinación de los seres humanos sobre qué, cómo, cuándo y dónde conservar, en la línea trazada por el mito de creación de occidente: “Señorear en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.” El mito del Génesis no considera la coexistencia, sino la supremacía que nos da la atribución de determinar dónde y cómo vivirán los demás seres de la tierra. Y luego, por extensión, inventamos sistemas para determinar las acciones y decisiones de otros seres humanos, cercenando las libertades y las dignidades.

Es imperativo cambiar, pero un primer cambio es aceptar que otros existen. Quizá para pesar de muchos, no es viable conseguir un equilibrio suprimiendo elementos o hechos. Algunos quisieran suprimir la minería, la ganadería, los combustibles fósiles... otros quisieran suprimir la agricultura familiar, los pobres urbanos y rurales, las tradiciones campesinas... algunos quisieran suprimir a los grupos de poder, y otros a quienes los confrontan... y mientras discutimos quién es el que debe irse y quién puede permanecer, nos llegarán los plazos que se advierten, sin que nada haya cambiado.

En Colombia, en Ecuador y en Perú, he conocido iniciativas para hacer más resilientes a los territorios frente a cambios ambientales cuyo curso no puede ser modificado a escala territorial; he visto construir planes de gestión adaptativa, y más importante que eso, he visto cimentar esos procesos en bases de diálogo. En el Magdalena Medio colombiano, por ejemplo, a instancias de la Red de Programas de Desarrollo y Paz (Redprodepaz), comunidades de pescadores y agricultores están dialogando con empresas petroleras sobre minería y extracción de hidrocarburos, y también sobre pesca, agricultura y derechos humanos. Los mismos que por años se han señalado y denunciado hoy acuden al diálogo, para que se establezcan límites, no supresiones.

En nuestro territorio particular, en la cuenca del río Chinchiná, apostamos por los mismos mecanismos a través de VivoCuenca. Es imperativo encontrar un modelo en el que coexistan los pumas y las vacas; los bosques y los cultivos; los constructores y los ambientalistas. Cada quien podrá concebir cuál es su ideal, pero es preciso advertir la distancia entre lo que cada quien concibe y lo que es realmente viable. Se necesitan límites, pero -al menos por ahora- sin supresiones.